El actor, dramaturgo y periodista Juan Vinuesa colabora con la plataforma digital dedicada a la cultura: Club Express. Sus entrevistas están siempre bañadas por la pasión que siente por el arte y por una sensibilidad que se desborda en cada pregunta. No podemos evitarlo, somos muy fans de Juan en todas sus facetas.

El otro día publicó una entrevista a Luis Luque, director de teatro que estrenó el pasado mes de Febrero “Ahora empiezan las vacaciones” una versión de “El pelícano” de August Strindberg, escrita por Paco Bezerra y protagonizada por Helena Casatañeda, Juan Codina, Mariana Cordero y Raúl Tejón.

Aquí os dejamos la entrevista.

Luis Luque, una fuerza que ilumina el camino a seguir.

Luis Luque

Hay creadores cuya filosofía y virtuosismo clarifican el futuro del arte. Luis Luque pertenece a ese necesario grupo. Luque es un artista que abre su corazón, sus entrañas y se exhibe sin tapujos ante una charla sobre la médula que paraliza su vida: el arte dramático. Sería injusto decir que es uno de los más importantes directores venideros por todo lo que ya ha conseguido. Con La escuela de la desobediencia logró, junto a Paco Bezerra, desvestir y convulsionar una época y una fantasía tan magnéticas como irreconocibles para la razón. Actualmente prepara La dama duende junto a Miguel Narros y acaba de renovar Ahora empiezan las vacaciones, en versión, nuevamente, de Bezerra para La casa de la portera. Charlar con Luis Luque es sobrevolar un par de temas y dejar que su sensibilidad y agudeza los multiplique. Así ocurre con la estructura de sus creaciones: él únicamente evidencia y muestra un par de asuntos, una parte, pero encierra el gemido de todo un universo.

ElClubExpress: El arte vertebra su vida, no hay duda, ¿pero en qué momento irrumpió para quedarse?
Luis Luque: Desde que en mi casa se escuchaba Juanito Valderrama y yo creaba Festivales de Eurovisión con los clicks de Famobil. Mi interés era bailar, y existe alguna película de Súper 8 en la que aparezco bailando. Me llamaba mucho la atención el espectáculo y jamás abandoné esa idea… aunque lo extraño es que yo verbalizaba que quería ser médico.

Poco tiene que ver la medicina con su dedicación actual…
Cierto, pero recuerdo que sentía inquietud por ese mundo, por las batas blancas, seguramente por cuidar… Y es algo que he intentado desarrollar en el arte escénico, como contraste al derroche de egos que, en ocasiones, vivimos en esta rama artística.

¿Cómo germinó su deseo de profesionalizar aquella idea de bailar?
La vida te va dando señales. Una de las más importantes, relacionada con ese concepto de espectáculo, fue cuando fui Niño de San Ildefonso y canté el Sorteo de Navidad…

Pocos espectáculos pueden existir como ése.
Así es. Además, fue el año en que una compañera se equivocó y no pudimos cantar el gordo. Todo el patio de butacas gritaba “¡Tongo!, ¡tongo!” y mi emoción viajaba entre la fascinación y el miedo. Cierto es que va a ser difícil de superar.

Vacaciones_ensayos_8Y decidió dar forma a ese mundo de sensaciones que le iba surgiendo… ¿tiene registrado cuándo exactamente?
El día que ya no pude más. Yo tenía el pelo muy largo, mi padre lo odiaba. Un día me planté frente a él y le dije que si me dejaba ir a las clases de teatro yo me cortaba el pelo. Así fue. En febrero del año 1991 me apunté a clases de teatro y al mes murió mi padre. Lo que vino después fue muy duro, mi madre guardaba mucho respeto a la figura de mi padre e ir a dar gritos a una clase iba en contra de la idea de mi familia… Pero continué con ello y, además, sabía que lo hacía por él. Por continuar algo que ambos habíamos iniciado juntos.

“Una sola verdad artística, un dogma, te da seguridad, sí, pero te aporta un resultado que, únicamente, pasa por la cabeza. Y a mí eso no me interesa. Si pedimos que el teatro remueva vísceras y modifique, seamos los propios artistas los primeros en atravesar esos procesos.”

¿Quiere decir que le sigue sintiendo vivo?
Las cosas no mueren mientras tú las nombras.

Hablaba antes de cuidar, de la generosidad, y mencionaba que el ego, en ocasiones, reina en la profesión actoral…
Decía Narros que el actor es el ser más generoso que hay: entrega su cuerpo, su voz y sus sentimientos al personaje. Yo también lo creo; sin embargo, también está acompañado de un peligroso egoísmo: en ocasiones, existe un juicio y desconfianza hacia el proceso que hasta que no llega el público y grita “¡Bravo!” no se destruye. Y eso va en contra de la creación. Muy en contra.

¿Su formación como director ha llegado por el camino ordinario?
Mi formación se ha compuesto de diez años de interpretación, quizás por aquella idea de bailar delante de la cámara que antes mencionaba. Mar Navarro me abrió la tradición europea del teatro, ella te da instrumentos del espacio, de la colocación, de la composición escénica… Y esas fueron mis armas para dirigir. Recuerdo una charla con Luis D´Ors en la que me dijo que la única manera de aprender a dirigir era, simplemente, dirigiendo. Y me puse a ello. Hasta hoy, donde, además de las obras que he dirigido, llevo más de treinta montajes como ayudante de dirección.

Podría decirse que usted es una mezcla de técnicas, de métodos…
Es que creo que una sola verdad, un dogma, te da seguridad, sí, pero te aporta un resultado que, únicamente, pasa por la cabeza. Y a mí eso no me interesa. Si pedimos que el teatro remueva vísceras y modifique, seamos los propios artistas los primeros en atravesar esos procesos.

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¿Y qué pasó por su cabeza para dejar la espera y ponerse a dirigir?
Lo que pensé, vino motivado por lo qué viví: estaba trabajando en un restaurante vegetariano y fui a ver un montaje de Peter Brook en Barcelona: Mercat de les Flors. Allí me dio un ataque de ansiedad durante la función, y enfermar viendo teatro, por no estar haciéndolo, fue simbólico y esencial para todo lo que llegó después. Me tuve que salir del patio de butacas. Yo no suelo ponerme enfermo, y en aquel momento no podía moverme. Ese fue el primer ataque de varios que llegaron después. Me recetaron decenas de cajas durante meses y no las tomé. Yo no entendía nada, pero sabía que era por algo. Lloré porque veía el vacío, sentía la grieta. Pensaba que había estudiado diez años para nada. Y decidí volcar mi ilusión y energía en encaminarme hacia el sector. Así, comencé a trabajar en Vientos de agua de Campanella, a mandar cartas para trabajar como ayudante de dirección, a trabajar en la gala de los Premios Goya… Y tantas cosas que me hicieron sentir dentro de algo.

La línea de sus trabajos suele ser muy especial, ¿qué le lleva a elegirlos?
La historia, lo que late por dentro… Recuerdo por ejemplo que hace poco me animó Natalia Menéndez a presentarme al Almagro-Off por ser un certamen muy interesante. Los grandes temas hay que buscarlos y yo no los encontraba. Busqué por una línea muy diferente: literatura erótica barroca. De pronto, surgió La escuela de doncellas, una novela dialogada. Quizás porque considero que a mí quienes me han enseñado teatro son las mujeres, quise indagar en esa historia. Dos primas sirvientas, una no sabe nada de sexo y la otra la ponía en un camino de aprendizaje en una escuela. Todo muy carnal, salvaje e incómodo. Me surgieron muchas preguntas, y ahí apareció Paco Bezerra.

Lo bonito de aquella función fue lo que inocentemente parecía frente a lo que cruelmente entrañaba…
La reacción general fue de sorpresa y resultó muy interesante. Yo soy una persona que constantemente está en lucha, pero creo que mi lugar de queja y protesta es el escenario. En esa función nosotros jugamos a la contra para movilizar, y recuerdo alguna persona mayor que abandonaba la sala indignada.

Y llega Ahora empiezan las vacaciones, un Strindberg de la mano, nuevamente, de Bezerra…
Sí, siempre había querido montar El pelícano y tenía la idea de hacer otro trabajo junto a Paco.

El amor que profesa Luis Luque hacia los actores es ejemplar. Aquí, el reparto de “Ahora empiezan las vacaciones”. Foto: Mica Studio

Da la sensación de que su universo y el de Becerra su enriquecen mutuamente, ¿es así?
Una de las cosas que más me mueven en este oficio es trabajar junto a un dramaturgo con el que me entienda. He tenido la suerte de repetir procesos con excelentes autores como José Padilla y, en este caso, Paco Bezerra. Paco propone historias no concretas para que seas tú quien las cierres y aportes tu punto de vista. Eso es una generosidad magistral.

¿En qué mundos se adentra este pelícano?
La mentira, el engaño, la locura… Cuenta muchas cosas porque el universo familiar es muy complejo. La gran metáfora es que nosotros vemos a la madre como patria y como país. Patria y país que roba, que dice que no hay dinero pero sí lo hay. Ésa es la vigencia que tiene. Dentro de eso, hablamos del desamor, de los sueños truncados, de cómo alguien te puede secar. No queremos puños levantados, no queremos contar algo panfletario, queremos que los personajes hablen desde el abismo.

¿Y qué aporta a ese abismo La casa de la portera?
La casa de la portera es un shock de la proximidad, un teatro que no admite la mentira. Además, la filosofía de sus dueños, José Martret y Alberto Puraenvidia se relaciona con los valores con los que me identifico: no me interesa el divismo. Sí el trabajo, el esfuerzo, el arte despojado de máscaras. En este caso, hemos optado por un teatro despojado de artificios. A mí me encanta la magia en el escenario, pero aquí quería huir de todo efecto para apoyarme en el factor humano, en el reparto, en Raúl Tejón, Juan Codina, Helena Castañeda y Mariana Cordero. Fantásticos los cuatro. Extraños. Y llenos de la mejor escuela que hay para un actor: la vida.

Ahora empiezan las vacaciones prorroga todos los martes de marzo en La casa de la portera en doble función: a las 20.00 y a las 22.00.

Duración 1h y 20 minutos.

Precio: 15€.

Teléfono de reservas: 649397571 (de 11h a 14h y de 17h a 20h)