Denise Despeyroux nos enamoró con “La Realidad”, fantástico monólogo que interpreta la gran actriz Fernanda Orazzi y que se puede ver ahora mismo los sábados y domingos a las 20:30h en La Sala Triangulo. Semanas después de que se iniciara este idilio, nos propuso poner en pie una obra para La CASA de la PORTERA; evidentemente le abrimos las puertas de par en par, a ella y a su equipo: Sara Torres y Carmela Lloret. Denise es una mujer inteligente, con una mente veloz, una frágilidad extrema, una voluntad de hierro y un sentido del humor muy agudo. Estar a su lado reconforta y atrapa. Nos reunimos un día para escribir juntos esta entrevista, ahí va el resultado…

_MG_9584 copiaDenise Despeyroux, directora y dramaturga. (foto: Alba Lajarín)

Vamos a ver querida Denise Despeyroux, pongámonos a ello… ¿Qué fue primero La Casa de La Portera o la idea de Por un infierno con fronteras?

Primero fue La Casa de la Portera, desde luego, el infierno vino después… La idea de que yo escribiera algo para La Casa de la Portera la tuvo Carmela Lloret, cuando la sala ya llevaba unos meses funcionando pero no era ni mucho menos tan conocida como devino después. En ese momento estábamos trabajando juntas en un ciclo de Teatro Despojado (en la Bagatela) con dos piezas de mi obra La vida no lo es todo, primera parte del Díptico del Más Allá , que después de esta obra en La casa de la Portera quizás se ha convertido ya en un tríptico. Carmela se entusiasmó desde el principio con la sala, ni siquiera te sabría decir muy bien por qué, ya que fue incluso antes de verla… fue como una especie de fuerte intuición lo que tuvo. Poco más tarde sí fuimos a ver varios espectáculos, claro… El caso es que a mí me surgió La Realidad en el Fringe con Fernanda y le prometí a Carmela, que es maravillosa y se merece todas las promesas del mundo, que más adelante le escribiría ese monólogo para la Casa de la Portera. Al principio iba a ser un monólogo. Pero luego apareció Sara Torres, y se puso a leer todas mis obras y a reírse y a llorar como una posesa y nos hicimos amigas. Y ella también quería que trabajáramos juntas. Así que como tenía dos amigas actrices con deseos muy parecidos lo más sensato parecía unirlas en un mismo proyecto. Y ellas se conocieron y quedaron las dos encantadas. (¡A todo esto ni siquiera se nos ocurrió algo tan básico como hablar contigo antes de ponernos a hacer planes en La casa de la Portera!!). Luego ocurrió todo lo que más o menos conoces… Que tú viste La Realidad, por ejemplo… creo que eso ayudó a preparar el terreno para presentar una propuesta en la casa. Nunca olvidaré cómo me recibiste en el Trébol cuando fui a ver Huérfanas a la Casa de la Portera, después de que tú vieras la Realidad, Jose, cuando todavía no nos conocíamos. Tengo muchos momentos de generosidad tuyos grabados en la retina, y uno es ese. Y después ya empezó todo… el infierno, el Limbo, el pez que suplanta otro pez, los desencuentros terapéuticos, el dictado de una muerta al papa Francisco, el deseo de olvidar o si no por lo menos de morir del todo… en fin… todo lo que se pone en juego en este disparate tragicómico, concebido y escrito y puesto en pie exclusivamente para La Casa de la Portera.

Me fascinan las terapias y los terapeutados que aparecen en tu obra dramática y que son una constante. ¿En qué momento de tu vida nace el interés por el psicoanálisis?

Me hace mucha gracia oírte decir “terapeutados”, que es una palabra que inventé para esta obra y ya me suena de lo más normal, además cada vez la empieza a usar más gente en mi entorno. Quizás es una palabra que faltaba, porque eso de “paciente” tiene unas connotaciones que ya no nos sirven. Mi interés por el psicoanálisis comenzó siendo principalmente intelectual y a partir de cierto momento teatral. Desde mis primeras obras me puse a jugar y a ironizar con las terapias. Tanto en Terapia como en Amateurs, aparece una psicóloga (Alejandra) que trata de psicoanalizar a una paciente imposible, a una actriz (Hortensia). En la obra siguiente, Bienvenido a Girasol, aparece un centro de desintoxicación de toxicomanías diversas, muy diversas. Un centro muy peculiar regentado por una psicóloga déspota (Serena) y por su ayudante (Ismael, cómo el pez de Graciela, la psicóloga de Por un infierno con fronteras, fíjate!!), un psicoanalista corporal muy simpático y desquiciado como todos los personajes del centro… En definitiva, digamos que mi interés por el psicoanálisis y por otras ramas de la psicología y la psiquiatría nace muy precozmente (a los 18 años me recuerdo leyendo compulsivamente a Ronald D. Laing, por ejemplo) y más tarde, cuando empiezo a escribir teatro empiezo por ahí.

Alberto PuraenvidaPortada del Babelia: José Padilla, Paco Bezerra, Carlos Be y Denise Despeyroux.

Yo juraría… es más, pondría la mano en el fuego y afirmaría que has pasado por más de una consulta terapéutica…

No sé si lo dices porque me ves muy bien o porque me ves muy mal, Jose… Pero mira… no… no he sido carne de terapeuta en realidad hasta estos últimos años, en los que tuve un desencuentro muy doloroso que agitó muchas cosas y que la terapia tampoco me ha ayudado a resolver si quieres que te diga la verdad.

A ver, voy a tratar de ser precisa: a los nueve años me llevaron al psiquiatra, porque lloraba por los rincones y admitía que no sabía por qué. El diagnóstico fue adolescencia precoz y fantasía exuberante. No sé si debería estar contando estas intimidades, va… es que en realidad esto no son intimidades, son solo datos biográficos, nada que ver con la intimidad… las intimidades dependen entre otras cosas del tono. Ese psiquiatra era muy alto, escribía los cuentos que yo le dictaba ya que a mí la mano no me iba tan rápida como la cabeza y como por arte de magia logró que dejara de llorar. Y todo eso en unas pocas sesiones, sí, porque no pudo haber más.

El siguiente contacto real que tuve con la terapia fue ya mucho después, haciendo un curso de psicodrama que me servía como créditos para la carrera en la universidad. El curso se extendió y de pronto me di cuenta de que estaba envuelta como en una especie de terapia de grupo, que incluía también sesiones teóricas. Y no estaba mal, era interesante. Me interesaba mucho lo que veía en los demás (incluyendo también al terapeuta) y también me servía para indagar en cuestiones personales mías, claro que sí, para hacer terapia, en definitiva. Estaba ahí envuelta en una terapia de grupo y tuve que escribir Bienvenido a Girasol. Que no tiene nada que ver con esas sesiones, lo prometo. Que la realidad y lo biográfico nos sirva de germen para escribir obras no significa que esas obras cuenten sucesos reales ni describan la realidad. En las obras captamos más bien matices inasibles y con ellos construimos por supuesto mundos nuevos y personajes nuevos, exploramos partes de nosotros y de los demás. No se trata de que nos retratemos ni retratemos a otros, se trata de que estamos tratando de entender, o por lo menos de dar forma a ciertas perplejidades para que no hagan tanto daño.

¿Y después de haber pasado por las manos de varios terapeutas, sientes que te han hecho bien o que has tenido que desintoxicarte de alguno de ellos con el tiempo?

Ninguno me ha intoxicado, eso desde luego que no. Pero sí me intriga la relación con el terapeuta, en el sentido de que finalmente acaba siendo una forma de relación entre dos personas, y eso es lo que yo trato de poner en evidencia en mi teatro cuando trabajo con estos temas. La relación entre Alejandra y Hortensia, o la relación entre Cordelia y Graciela son relaciones entre dos mujeres. Y eso está por encima del vínculo posicional definido por el aparato teórico que regule la terapia. Eso está antes o por debajo o está de repente… no sé cuál sería la forma más específica de señalarlo… no sé cómo lo explicaría un analista, que sin duda tendrá su explicación, pero sí te digo que sucede algo que es entre personas, que es personal, más allá de los roles y más allá del esfuerzo del terapeuta por sostener esos roles.

_MG_8609Carmela Lloret en pleno ensayo con Denise Despyroux.

Vamos ahora a la pregunta realmente profunda de la entrevista… ¿Qué es para Denise el infierno?

Querido Jose… no puedo evitar que me venga a la cabeza la frase tan conocida de Sartre, “el infierno son los otros”, pero no quisiera decir esto o quisiera por lo menos matizarlo. En primer lugar me viene esta frase porque tiene que ver con mi teatro. Me explico. En La muerte es lo de menos, la segunda parte del Díptico del Más Allá, los personajes se ven forzados a convivir atrapados en un espacio después de su muerte, igual que en la obra A puerta cerrada, de Sartre. En Por un infierno con fronteras, Graciela tiene que convivir con el fantasma de su paciente muerta. Reconvierto la frase de Sartre, sí: “El infierno son los fantasmas que no podemos abrazar”. Mi infierno es la silla vacía de La Realidad, Jose. Y esto que te digo sí que es íntimo. El infierno es la nada detrás de la mano tendida hacia esa silla. Y fíjate que la mano tendida puede pedir pero puede también ofrecer. El infierno es cada vacío impuesto por el otro en forma de silencio, de indiferencia, de desamor total. Lo que nos hace humanos es nuestra capacidad de responder a los demás, nuestra capacidad de inventar y de usar un lenguaje para entendernos con los otros. La incomunicación nos devuelve al infierno, nos enfrenta a los monstruos…. me refiero a todos aquellos monstruos que nos hacen desconfiar de la condición humana. Para entendernos y no hacernos sufrir unos a otros tenemos que tener un deseo de entendernos y una confianza en que ese deseo nos va a permitir entendernos. Sin ese deseo somos pobres y estamos indefensos, condenados a nuestros fantasmas, tendiendo una mano que pide y ofrece hacia una silla vacía.

la realidad2Fernanda Orazzi tendiendo su mano hacia una silla vacía en “La Realidad”.

Yo soy muy fan de los procesos… ¿Dime cuál fue el momento más feliz de los ensayos o el día más esclarecedor?

En estos ensayos ha habido muchos momentos felices y esclarecedores porque ha sido un proceso de ensayos muy aceitado, muy cómodo, muy feliz, muy entre amigas. Quizás el día que les vine a las chicas con el asunto del pez, y a los pocos días con el pez escogido. Sí, quizás el pez fue el momento de inflexión más importante en el proceso de ensayos. Veníamos ensayando con la primera sesión de Graciela y Cordelia, con diálogos escritos pero todavía sin pez. Y a mí siempre me ha llamado la atención que en algunas películas donde se ven sesiones de psicoanálisis aparece en la consulta un acuario con peces. Y entonces me gustó la idea de que Graciela tuviera un pez, pero un único pez, una criatura por la que ha desarrollado un enorme apego. Me pareció muy gracioso que una psicóloga estuviera apegada a un pez. Porque yo sospecho que muchos psicólogos son el en fondo seres muy solitarios. Y luego todo empezó encajar… cuando escuchas la voz (por decirlo de alguna manera) de aquellas elecciones que has hecho en una pieza, estas elecciones crecen hasta alcanzar la dimensión que deben tener en la obra. Pronto comprendí que una elección aparentemente “caprichosa” como la de incluir un pez podía tener consecuencias trágicas para estas dos mujeres, consecuencias que todavía están tratando de entender y de superar. Me encanta la idea de que las dos tengas dos versiones tan distintas de todo cuanto ha ocurrido… es tantas veces así en la vida… Si no quisiéramos que nuestra versión encajara con la del otro, si simplemente nos divirtiéramos compartiendo nuestras versiones diversas todo sería muchísimo más amoroso y divertido. Las versiones diferentes pueden ser una riqueza… siempre que en esas versiones el otro no se convierta en la encarnación del mal… entonces es cuando del desencuentro se pasa al fascismo. Cuando conviertes al otro en la encarnación del mal estás abriendo la puerta al infierno.

En tu obra, el Limbo, la muerte, los muertos y los fantasmas son una constante. ¿Qué hay en todo eso que te fascine tanto?

La muerte me ha inquietado, asustado y fascinado siempre, y está muy presente, sí, en casi todas mis obras y creo que sobre todo en las tres últimas. La muerte y los muertos están muy presentes en La Realidad. En cuanto a esos otros elementos digamos más esotéricos, como el Limbo y los fantasmas, creo que son cosa de ese Díptico del Más Allá, que con esta última obra ha devenido un Tríptico.

También hay algo que me fascina desde el punto de vista teatral del juego escénico en el hecho de trabajar con personajes que están pero no se ven, o que unos ven y otros no, o que unos oyen pero no ven… toda una forma de composiciones posibles que explorar en escena. Tengo una obra todavía no estrenada, una distopía situada en un tiempo futuro, donde existen personas “suprimidas”, personas que ya no pueden ser vistas ni oídas por los demás. Y creo que son interesantes los juegos escénicos que se producen con eso. Otra cosa es que además tengo un interés especial por los excluidos, por todos aquellos que una sociedad deja de lado a veces, paradójicamente, para tener una mejor imagen de sí misma. En este tríptico del Más Allá los muertos son los grandes excluidos. Excluir a alguien es tratar de alguna manera de negarle la existencia, es ignorar su existencia para ser precisos. Si somos conscientes de la existencia de alguien no podemos ignorarlo, darle la espalda, hacer como si no existiera. Podemos hacerlo, por supuesto, pero no es más que un fingimiento. Quien hace eso está fingiendo, está practicando una impostura. No se puede borrar al otro únicamente por nuestro deseo de que no exista. Quizás, como mucho, el deseo de borrar a alguien puede ser tan fuerte que acabe por tener consecuencias trágicas.

ensayos Por un infiernoSara Torres, Denise Despeyroux y Carmela Lloret observando a Bruno.

Se supone que una entrevista debería empezar con esta pregunta… pero bueno, te la hago ahora que estamos llegando al final… ¿De dónde sale Denise Despeyroux? ¿En qué momento llega a España? ¿En qué momento decide abandonar Barcelona y venirse a Madrid?

Llegué a España a los 3 años con mis padres y mi hermano emigrantes. En un barco de emigrantes. Después de un viaje largo donde según me dicen apenas comí y enfermé. Yo no me acuerdo mucho del barco, me acuerdo de la despedida en el puerto, eso sí. Me acuerdo de que no entendía por qué todos me abrazaban con tanta fuerza y lloraban tanto. Y después también recuerdo que cuando nos instalamos en una pensión oscura en una calle oscura del barrio chino de Barcelona yo buscaba mi camarote, yo pensaba íbamos a vivir toda la vida en un barco. No entendía nada de lo que estaba pasando. No entendía la dimensión de la distancia que nos separaba de nuestra familia y nuestro país, claro. Ya en nuestro piso de alquiler me pasaba horas asomada al balcón esperando que llegaran mis tíos, aunque mis padres insistieran en que no iban a llegar. Y el caso es que yo los veía llegar, siempre los veía llegar, varias veces al día: “Mira mamá, José y Liliana, ¿ves? Ahí vienen”. Aun me sigue pasando esto cuando llevo demasiado tiempo necesitando ver a alguien y no puedo. Soy capaz de confundirlo con cualquiera, porque además soy miope y no uso gafas por la calle.

Me fui a vivir de Barcelona a Madrid exclusivamente por Niall Binns, mi pareja y el hombre más maravilloso que he conocido en mi vida. No sólo porque sea mi pareja, de verdad que no. Imagino que esto lo dirá mucha gente de su pareja, pero algunos seguro que exageran… yo no. Lo que quiero decir es que nunca me hubiera ido de Barcelona a Madrid exclusivamente por motivos teatrales, por más que ha sido evidente que en Madrid se han abierto muy rápidamente muchas más puertas para mí. Yo amaba mucho Barcelona porque allí estaba casi toda la gente que quería. Porque muchos de mis amigos vivían además en mi barrio o muy cerca y estaban presentes todo el tiempo en mi vida. Me gustaba mucho mi vida cotidiana en Barcelona, y los actores con los que trabajaba, que eran también amigos, y el piso donde vivía y mi gata Ofelia… Me gustaban tantas cosas de Barcelona que el tránsito hacia Madrid fue lento. Cuando empecé a hacer mis primeros viajes temía no acostumbrarme, temía no poder hacer amigos de verdad, y que la ciudad me resultara demasiado grande y hostil. Pero la verdad es que ahora no me resulta hostil para nada, y me siento rodeada de amigos, muy acogida, muy parte de todo esto: del teatro, de las cenas después del teatro. Se hace teatro para salir a cenar después, es una de las frases sabias que le he oído a Javier Daulte. Se hace teatro en definitiva para tener amigos.

_MG_8784Carmela Lloret, Denise Despyroux y Sara Torres.

¿Cuándo sientes por primera vez la necesidad de escribir?

De niña me parecía muy extraño que mis padres leyeran tanto y no escribieran nada. Era todo un misterio para mí. Porque yo creía que escribir era una consecuencia natural de leer. Yo lo que hacía de niña era imitar todo lo que me gustaba, pero no por ninguna voluntad de estilo ni ningún afán de parecerme a ningún escritor… si era una niña, no quería ser escritora, simplemente quería leer. Escribir era la manera más fácil de aumentar el número de historias que podía leer. Por ejemplo, cuando se me acabaron las historias del pequeño Nicolás, esas tan graciosas, me puse a escribir otras como esas. Y a mí me parecían igual de buenas o disfrutables que las que había leído… no te sé decir si lo eran o no, pero la verdad es que tenía una facilidad bastante impresionante para imitar el estilo de los autores que me gustaban.

Más tarde ya nacieron, por supuesto, otro tipo de necesidades vinculadas con la escritura. Pero tú preguntaste por la primera vez, y la primera vez, las primeras veces fueron como te estoy contando.

¿Cómo es ensayar con Denise Despeyroux? ¿Qué es lo más importante?

Me van a salir un montón de cosas ñoñas. Para mí es importante que amemos la obra y que haya entre nosotros una voluntad de querernos. Creo que esta voluntad inicial de quererse, si es cuidada, permite después que pueda enfrentarse con éxito todo lo que ocurra durante el proceso de ensayos. Otra frase sabia que le oí a Daulte: “Para dirigir bien a los actores hay que amarlos”. Y es que es verdad, y a veces es una putada porque no es tan fácil… porque a veces es necesario para eso que sepas colocarte en un lugar que esté muy lejos de lo personal. Lo que quiero decir es que ha de haber una especie de incondicionalidad en este amor, tiene que tratarse de un amor de alguna manera muy maduro, no de un amor pasional ni personal. Y en cambio el que los actores te devuelven sí es la mayor parte de las veces de un carácter más bien pasional, que igual que se enciende puede volverse contra ti… como pasa con todos los amores pasionales. Me acuerdo que Daulte también decía algo así: “es que no hay otra manera, llega un momento en que o los amás o los querés matar”. Un poco entre nosotros, un poco exagerando, tú como director sospecho que estás entendiendo de qué se trata. Otro tema es el de la entrega, el actor tiene que estar dispuesto de alguna manera a entregar el alma. Esto también lo decía Daulte: lo único que necesito que te aprendas bien la letra y que me entregues el alma…. Aunque suene un poco mefistofélico. El actor tiene que entregar el alma, tiene que exponerse, tiene que atreverse a trabajar desde su vulnerabilidad más absoluta, desde todo aquello que no puede controlar, desde su vergüenza… El autor por supuesto también ha de estar dispuesto a ese nivel de exposición… pero estamos hablando de los actores. Un actor que no está dispuesto a sentirse vulnerable, a ser capaz de pasar incluso vergüenza, podrá hacer cosas muy buenas, no digo que no, y podrá desde luego convencer al público y recibir muchos aplausos. Pero hay un plus, existe un plus de brillo, de autenticidad, existen aquellos actores que son capaces de hacerte entrar en contacto con lo sagrado, y para eso hace falta tener esa fuerza que te permite exponer toda tu vulnerabilidad. María Zambrano tiene en mi opinión la definición más certera que existe sobre la capacidad de enamorarse. Enamorarse, dice, es ser vencido sin rencor. El actor tiene que estar dispuesto a enamorarse de esa forma en la obra, a ser vencido sin rencor.

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Denise Despeyroux en el Teatro Fernando Fernán-Gómez durante los ensayos de “La Realidad”.

Fotos de “Por un infierno con fronteras”: Rafa Ricoy.

“POR UN INFIERNO CON FRONTERAS”.

SÁBADOS de OCTUBRE a las 18h. 15€.

Teléfono de reservas 649397571 (de 11h a 14h y de 17h a 20h).